Corría la segunda mitad del año 2003, este fue el año más turbulento en mi aún novel carrera de Contador Público; a pesar de comenzarlo bien, pues había sido designado como flamante Contador General de la Municipalidad del pujante distrito de Aguas Verdes, ahora las cosas no tenían tan buen talante.
Así pues, luego de seis meses me vi en la imperiosa necesidad de renunciar; entre los intereses de los que manejaban la institución y lo que es legal, había un tremendo abismo que se abría. Ya mi querido amigo José Panta había dado el primer indicador renunciando un mes antes.
La esperanza laboral que tenía, entrar al ansiado proyecto SIAF, no se concretaría hasta casi a fines de ese año, por lo tanto la segunda mitad de aquel 2003 tuve que tocar puertas, las cuales ¡oh! sorpresa, nunca se abrieron.
Percy Salazar Luna, correctísimo amigo, antiguo compañero de trabajo en el CTAR y en aquel momento Gerente de Administración de la Dirección de Educación Tumbes (DRET) fue quien me socorrió ofreciéndome trabajo, tal vez sin saber del delicado momento en que me encontraba. Acepté de inmediato.
El trato era hacer la contabilidad de la DRET por las tardes, era lo que más me gustaba. ¿Por qué sólo en las tardes?, bueno, eran varias las razones de este part-time, lo que más lamentaba era el sueldo reducido a casi la tercera parte de lo que solía ganar mensualmente, pero al mal tiempo buena cara.
Le tomé el gusto a trabajar solo en la oficina de contabilidad de aquella mole de concreto que es la DRET, lo primero que hacía era “navegar” en internet, el comillado es puro sarcasmo porque el internet lo cortaban así que sólo podía visualizar las páginas que previamente alguien había visto.
La contabilidad era (¿?) lo mío, definitivamente, por eso los cierres contables con sus Balances y demás yerbas me fascinaban, me recreaba con ellos, olvidándome hasta de la hora, por eso muchas veces salí de allí bien entrada la noche y fue por eso me pasó lo que les vengo a contar.
Era tarde, pasaban las 11 de la noche, consideraba que había avanzado lo suficiente por aquel día, apagué la PC y salí del pequeño modulo que es (o era) la oficina de contabilidad, bajé al primer piso y ya en portería, donde no había nadie, me senté a esperar hasta que el vigilante, muy vigilante el, logrará llegar y me abriera la portezuela que estaba con candado.
Lo habitual era espera uno o dos minutos, tal vez tres o hasta cinco, pero ya hacía más de diez que me encontraba ahí, a ratos sentado y a ratos parado mirando las musarañas, tocando el portón, de cuando en vez pegando un grito con mi mejor voz masculina: “¡¡¡Vigilante!!!”, pero de éste no había nada.
Los golpes al portón pasaron a ser iracundos puñetes y pese al estruendo producido nadie aparecía, pensé que se podía hacer más bulla y asesté un certero puntapié al latón y aún otro más para que no se diga que no se escuchó, pero nada del más sordo de los vigilantes.
Al la segunda patada el portón, del cual dependía la portezuela por donde se salía, se entreabrió, sólo lo detenía un fierro cruzado así que lo quité y voilà se abrió generosamente, di un paso y ya me encontraba en el Paseo Libertadores, que aunque solitario se me antojó inspirador porque en honor a su nombre yo era un hombre libre.
Pero no, no podía dejar la puerta abierta. El diablito en mi hombro izquierdo dijo que sí, que me fuera y si quedaba abierta la puerta es culpa del vigilante que no está donde debía estar y también sería su culpa si llegan los “tirapiedras” y se levantan en peso la DRET, el angelito en el otro hombro apareció y discusión terminada. Entré y cerré el portón. Bye! Bye! libertad.
Después de matar otra docenas más de zancudos decidí emprender la búsqueda del muy jijuna y oficina por oficina iba golpeando puertas, bramando (con cada vez más cólera) y entrando donde se podía, no es que sea melodramático pero ya me parecía que detrás de alguna puerta iba a encontrar ahorcado al pobre vigilante, cosas locas de mi mente.
Terminado de revisar también el tercer piso y sin ninguna señal del Guachi me estaba quedando sin opciones, ya pasaba la media noche y la cólera fue cediendo ante el cansancio y el sueño, al parecer me encontraba solo con mi soledad en todo ese edificio, volví al balcón a medir las probabilidades que tenía de escapar y no morir en el intento.

No, no me sentía tan confiado en hacerlo, esperar al vigilante parecía lo apropiado, si ha salido ya regresará, faltaban 5 horas para que el nuevo día empiece así que me senté en la silla del vigilante e intenté dormir. Los zancudos se alegraron pues les había servido la cena.
Y ya sin ánimos de matar uno más de estos omnipresentes bichos dirigí mis tristes pasos a la oficina de contabilidad donde –con ayuda de la divina providencia- podría pegar un poco los ojos, era cuestión de cerrar la ventana y acomodarse en el mediano sillón giratorio… ¡Morfeo ahí voy!... pero no había ventana qué cerrar. Adiós al sueño.
Volví a sopesar la idea de saltar, pero estaba tan abatido que la deseché, el patear la puerta también carecía de sentido, que noche para infernal aquella, estando a un paso de la locura reparo en los carros y camionetas estacionados en el patio ¿habrá la posibilidad de esperar al vigilante o a la mañana recostado en uno de éstos?
Con la esperanza de poder recostar mis huesos en el primer carro con la puerta sin llave me dispuse a probar puerta por puerta alguna que se abriera, fue la quinta puerta (o sea el segundo carro) la que se abrió con un sonido mágico para mis oídos.
La alegría duro lo que demoré en abrir la puerta completamente y poder fijar la vista en el asiento del vehículo porque me pegué el susto del año al ver que ahí yacía un cuerpo, era el desaparecido vigilante que dormía plácidamente, cual Blanca Nieves después de morder la manzana.
Pegue tremenda resondrada que arrancó del sueño al bello durmiente y se levantó tan atontado que no sabía qué estaba pasando, le increpé todo lo que había padecido hasta ese momento mientras él caminaba a la puerta aún aturdido, abrió la puerta y por fin pude ir a mi casa.
Colofón:
Colofón:
Un día del mes de agosto, “navegando” en las páginas que alguien había visto temprano en la PC de la oficina de contabilidad de la DRET, encontré una convocatoria para la Contraloría General de la República (CGR) y descargué el formato de inscripción. Quien diría que gracias a esta convocatoria que encontré en este trabajo ahora tengo casi 10 años en la CGR, dicho está que en donde uno menos se lo espera le ocurren cosas realmente asombrosas.
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